sábado, 17 de marzo de 2012

The Artist. Un mensaje al presente.

Históricamente el cine ha resurgido en los periodos de grandes crisis dando sus mejores obras. Quizá haya que agradecer entonces a la acuciante situación económica actual que afecta al mundo (porque la crisis es una crisis mundial a pesar de que ciertos sectores en este país anden empecinados en vendernos que una única persona, de artesanal apellido, ha sido la responsable) el que, inesperadamente, asalte las carteleras de los cines una propuesta como The artist.
En medio de un panorama cinematográfico, el proveniente de Estados Unidos, en el que toda oferta queda básicamente reducida a estruendosas explosiones, frenéticas persecuciones, efectos especiales enfocados a un 3D descaradamente comercial y reseteos de historias ya contadas, Michel Hazanavicius nos presenta The Artist, una producción silente rodada en blanco y negro con el más puro estilo del cine de los años cincuenta.
Cierto que la película no parte de un guión muy original. La historia de una estrella del cine mudo cuya carrera comienza un descenso en barrena con la llegada del cine sonoro y que encuentra su tabla de salvación en una bellísima y joven actriz cuya proyección, precisamente con la llegada del cine sonoro, es la de un fulgurante ascenso es una historia que nos remite directamente y sin tapujos a otras películas como Espejismos (King Vidor, 1928), Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952) o, porqué no, Candilejas (Charles Chaplin, 1952) pero que, precisamente por la imperante situación social, adquiere una rabiosa actualidad en cuanto a que nos habla de la historia de la caida de todos aquellos seres que, empeñados en aferrarse a su vida de comodidad y divertimento, se negaron a querer ver el inminente fin de la bonanza y la necesidad de adaptarse a la nueva situación que la llegada del cine sonoro (entonces fue la llegada del sonoro, hoy es la crisis económica) imponía. Aquellos seres que ya pudimos ver en la obra maestra El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) agolpados alrededor de una mesa de poker o descendiendo por una escalera.
The Artist, con sus excelencias técnicas, sus magníficas interpretaciones, su estupenda banda sonora, su evidente homenaje al cine silente -llega a hacer uso de una secuencia de La marca del zorro (Fred Niblo, 1920)- e incluso con su previsible final, es mucho más que un homenaje al cine de tiempos pasados enfocado a los cinéfilos o un estupendo divertimento. Es, al igual que la recientísima La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), un mensaje al presente. Tratándose, en este caso y a diferencia de aquella, de un imprescindible recordatorio de la necesidad de reconocer la actual situación social y modificar los estilos de vida para adaptarse a la nueva situación que nos ha tocado vivir.

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domingo, 26 de febrero de 2012

La invención de Hugo. Tributo de un cinéfilo.

Plano aéreo de la ciudad de París.
Dándonos una visión subjetiva, la cámara desciende desde el cielo y se introduce en la estación de tren de Montparnasse para, emulando a Dzyga Vertov, atravesarla abriéndose paso entre la multitud a lo largo de los andenes y terminar en un pequeño hueco del reloj de la terminal desde el que un pequeño huerfano, Hugo Cabrét, observa todo el movimiento que bulle en la estación.
Este vertiginoso arranque, en forma de virtuoso plano-secuencia, conforma el inicio del último trabajo de Martin Scorsese. Inicio que, por otra parte, constituye toda una declaración de intenciones puesto que, esta película, La Invención de Hugo, no es sino un tributo al cine y a aquellos pioneros que, como Georges Méliés, fueron capaces, con su trabajo, de hacer soñar al público.
La invención de Hugo es una película que nada tiene que ver con ninguna de las anteriores películas de Scorsese. El mismo que nos sumergiera en la violencia en Taxi Driver y Uno de los nuestros nos presenta ahora un trabajo para todos los públicos y rodado directamente en 3D. Sin embargo no es un trabajo para nada discordante en este director puesto que Martin Scorsese, ése que salpicara de sangre a los que asistian en primera fila a los combates de Jake La Motta, es el mismo Martin Scorsese que, a través de su World Cinema Foundation, lucha por la preservación del patrimonio cinematográfico y el mismo Martin Scorsese que ofrece todo su amor por el cine en A Personal Journey Whit Martin Scorsese Through American Movies (1995), una fascinante masterclass através de la historia del cine americano y , Il mio viaggio in Italia (1999), un apasionado y apasionante recorrido por el cine italiano.
La invención de Hugo sería, por tanto, un paso natural en la faceta "recuperadora" de este cineasta. Y es que de eso es de lo que realmente trata esta película, de rescatar al cine (representado por ese autómata que debe ser reparado y devuelto a la vida mediante una llave en forma de corazón) de las garras del tiempo, el verdadero villano de esta historia, que tan mal lo trata ("el tiempo ha tratado muy mal a las películas", expresa uno de los personajes del film) de la misma manera que los niños rescatan a un olvidado Georges Méliès y redescubrir el arte del cinematógrafo al público haciéndole volver la vista hacia sus orígenes e invitándoles a soñar nuevamente.
El viaje al que Scorsese nos invita en esta película no es el viaje a la Luna de Méliès pero si un viaje en el tiempo. Un viaje atras en el tiempo hasta los orígenes de un cine que el propio tiempo amenaza con destruir. Una aventura de descubrimiento que queda sintetizada en la que es, para mi, la escena mas hermosa de la película: el momento en que la ahijada de Papá Méliès descubre el cine al colarse en una sala en la que se está proyectando El Hombre Mosca, protagonizada por Harold Lloyd. Algo que consiguió retrotraerme hasta el momento en que yo mismo descubrí el arte del cine en una proyección de 2001, Odisea Espacial. 
Muchas otras referencias al cine silente pueblan la película. Desde ese autómata que recuerda al robot de Metrópolis hasta los intentos de aproximación de un hombre gordo, cuya ternura recuerda a Jacques Tati, hacia la mujer que hornea Croissants pasando por la proyección de las primeras imágenes que rodaran los hermanos Lumiere y que conseguian aterrorizar a los espectadores que, teniendo aun en la memoria el reciente accidente en el que un tren atravesó por completo la estación de Montparnasse (accidente que, en forma de pesadilla, Scorsese reproduce en la película), pensaban que la locomotora saldría de la pantalla arrollándolos.
En resumidas cuentas, La invención de Hugo, es una carta de amor al cine escrita por un gran cinéfilo. Un mensaje que, como el dibujo realizado por el autómata de la película, nos llega desde el pasado. Una película para descubrir el cine. Una invitación a soñar.

Esta noche se entregan los Oscar. Buena suerte, Martin.

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domingo, 12 de febrero de 2012

Perros de Paja (Rod Lurie, 2011). Hasta para copiar se necesita talento.

En 1971 Sam Peckinpah dirige Perros de paja, un crudo estudio sobre la violencia del ser humano que, aún sin ser una de las mejores obras del director estadounidense, se cuenta dentro de la lista de mis películas favoritas.
Perros de paja comienza con la llegada del recientemente constituido matrimonio Sumner al pequeno pueblo británico en el que la joven esposa se crió.
Él, David Sumner (Dustin Hoffman) es un físico que tiene que terminar un trabajo urgentemente. Es un tipo tímido y apocado que evita los problemas y huye de todo tipo de enfrentamiento sintiéndose cómodo únicamente cuando se encuentra en la  compañia de sus fórmulas y números ya que el comportamiento de éstos es siempre racional y previsible.
Ella, Amy Sumner (Susan George) es una atractiva y sensual joven, inquieta y caprichosa, que se aburre cuando no se le está prestando continua atención.
La violencia latente en algunos de los habitantes del lugar, acrecentada por el provocativo comportamiento de la caprichosa recien casada, termina por explotar tras el grave suceso acontecido a una muchacha del lugar y David se ve abocado a una situación en la que reacciona desplegando una violencia y agresividad que ni él era consciente de albergar en su interior.
Ahora, en el recientemente finalizado 2011, otro estadounidense, Rod Lurie, haciéndo gala una vez más de la falta de ideas de que adolece la industria cinematográfica americana, estrena un remake de esta película manteniendo el mismo título, conservando básicamente la misma historia, que adereza con algún detalle que la acerca más a nuestros días (el protagonista dispone de teléfono móvil aunque, de todo el lugar, al parecer, es la única persona que tiene uno y nunca dispone de cobertura), y desplazando el escenario al profundo sur de los Estados Unidos (volviendo, una vez más, al tópico exprimido hasta la saciedad de que en los pueblos del sur profundo de los Estados Unidos solo habitan paletos ávidos de sangre dedicados a violar y asesinar, y no necesariamente por ese orden, a cualquier forastero que se atreva a pasarse por esos andurriales).
En el remake perpetrado por Lurie no se observa ni un atisbo de la atmosfera violenta e inquietante que se respira a lo largo de toda la cinta de Peckinpah, se pretende racionalizar todo lo acontecido durante la historia (incluso se nos explica, de boca de su protagonista, el significado del título), se suavizan los hechos y se destierra de un plumazo, imagino que en aras de la corrección política, toda ambiguedad en el comportamiento de la protagonista que queda transformada en irreprochable víctima de la violencia machista.
La nueva Perros de paja es una mera sombra desdibujada, una copia de trazo grueso y sin alma elaborada para ser consumida a la misma velocidad con la que es olvidada.
Y, llegados a este punto, os planteo una cuestión: Perros de Paja (Sam Peckinpah, 1971), sin ser una obra maestra, es una película que, 40 años después, todo el mundo recuerda ¿cuanto creeis que tardaremos en olvidar Perros de Paja (Rod Lurie, 2011) aquellos que la hemos visto?

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Un método peligroso. Razón vs Misticismo.

A lo largo de toda su filmografía las historias filmadas por David Cronenberg (La mosca, Inseparables, El Almuerzo Desnudo, Videodrome,...) siempre han tenido en alguna manera a la mente como protagonista acostumbrando a escenificar sus transtornos u obsesiones somatizándolos en forma de mutaciones del cuerpo.
Las referencias son continuas, incluso en aquellos trabajos que parecen alejarse de su trayectoria habitual, como podría ser el caso de la excelente Promesas del Este, podemos encontralas, encarnadas, en esta ocasión, en los numerosísimos tatuajes que recubren el cuerpo del personaje interpretado por Viggo Mortensen a modo de curriculum vitae de su carrera delictiva.
A la vista de una trayectoria tal puede considerarse pues un paso natural el que Cronenberg, en su último trabajo, Un Método Peligroso, haya  decidido dirigir su mirada directamente hacía la madre del cordero, el psicoanálisis, y centrarse en la relación entre la mente en la que germinó la idea (Sigmund Freud) y la que, preocupada por que tras la muerte de Freud nadie fuera a continuar su trabajo, se empeñó en dar consciencia al subconsciente (Carl Jung). Introduciendo, además, un tercer personaje (una tercera mente más bien) encargado de dinamitar las convicciones éticas y morales de Jung dejando sus propias obsesiones al descubierto.
El largometraje está basado en la obra teatral The Thalking Cure de Cristopher Hampton, guionista de Las Amistades Peligrosas y quién, a su vez, firma el guión de la película. Una película en la que Cronenberg se decide por ofrecer un rodaje cargado de contención y sobriedad, clásico y austero, para, respetando al máximo el origen teatral del que parte, desviar el protagonismo hacia unos magníficos y sugerentes diálogos cargados de inteligencia.. Algo que se ve favorecido, y a lo que contribuyen sobremanera, por las contenidas actuaciones  de Michael Fassbender, cuya interpretación consigue transmitir a la perfección su constante batalla interior entre las convicciones morales y el deseo sexual, un contenido y espectacular Viggo Mortensen en la que es, para mi, la mejor interpretación de su carrera y una Keira Knightley que, si bien se muestra sobreactuada en algun momento, consigue transmitirnos de forma ejemplar una dificil mezcla de trastorno mental y seducción bordando así un dificil papel.
La película arranca con el inicio de la relación entre Freud y Jung y su primera reunión para luego mostrarnos como, a raiz del viaje que realizaron juntos a New York, y debido al choque de las creencias religiosas y esotéricas de Jung con el implacable racionalismo de Freud, sus caminos van adquiriendo direcciones opuestas. Algo que Cronenberg muestra de forma magistral, nuevamente a través de los diálogos, en una escena en la que, tras escrucharse un crujido en una biblioteca, Jung lo interpreta como una manifestación espectral y Freud racionaliza el hecho con una explicación científica (los cambios de temperatura de la madera de las estanterias).
La película es, en resumen, un sobresaliente, contenido e inteligente  trabajo de factura clásica en la que, huyendo del sensacionalismo habitual de algunos biopics, la historia se centra en dos mentes que, aun compartiendo un objetivo común, acaban por separarse debido a diferencias irreconciliables en la manera de interpretar los hechos. Un enfrentamiento entre razón y misticismo con las obsesiones y deseo sexual como telón de fondo. Un enfrentamiento en el que Cronenberg no toma partido pero que, sin duda, dividirá a su público.

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lunes, 2 de enero de 2012

Drive. El escorpión y la rana.

Un escorpión necesitaba cruzar al otro lado de una charca y, como los escorpiones no saben nadar, le pidio a una rana que habitaba alli que le cruzara ella transportándole sobre su espalda.
- Ni hablar - dijo la rana - seguro que, cuando estés sobre mi espalda me picarás y moriré.
- ¿Para qué iba yo a hacer éso? - replicó el escorpión - si te pico te hundirás en la charca y yo moriré también. Ya sabes que los escorpiones no sabemos nadar.
La rana, convencida así por el escorpión, aceptó y comenzó a cruzar la charca con él subido a su espalda.
Se encontraba la rana ya en el centro de la charca cuando, de repente, sintió una pulzada en la espalda y, de inmediato, supo que el escorpión le había clavado su aguijón. Todo su cuerpo comenzó a paralizarse y la rana, incapaz de seguir nadando, empezó a hundirse.
A duras penas, mientras moría, se giró hacia el escorpión que se hundía con ella y le increpó:
- ¿Porqué lo has hecho, escorpión? ahora moriremos los dos.
- Lo se. No he podido evitarlo. Es mi naturaleza - respondió el escorpión.

Ésta es la fábula del Escorpión. Fábula a la que el protagonista sin nombre de Drive hace referencia en un momento de la película y que refleja a la perfección su propia naturaleza.
El personaje, magnificamente interpretado por un Ryan Gosling que por momentos nos hace recordar al gran Steve McQueen, es un especialista de cine en escenas de acción  que ofrece sus servicios como conductor de huida en robos nocturnos, siempre ateniéndose a sus reglas (no intervenir, no llevar armas, no dar su nombre y no trabajar dos veces para la misma persona). Un personaje de rostro imperturbable, frio y calculador que, sabedor de la naturaleza violenta que encierra en su interior, se mantiene apartado de la gente que le rodea. Un heroe romántico que no dudará en hacer uso de su aguijón, aun a sabiendas de que eso le conducirá a la muerte, a fin de proteger a una mujer y su hijo.
Desde sus títulos de crédito en color rosa y una banda sonora que nos traslada a los 80 hasta unas estilizadas escenas de acción y violencia que nos recuerdan a thrillers de los 90  y pasando por la presencia constante del código de honor de los samurais del que hacen gala algunos personajes de las películas de Jean-Pierre Melville (El silencio de un hombre, Círculo rojo), una fotografía de exteriores en la que destacan los rascacielos y luces de neon y unos interiores fotografiados como si de cuadros de Edward Hopper se tratara, Drive, el más reciente trabajo del Danés Nicolas Winding Refn (Valhalla Rising, 2009), basado en la novela del mismo título de James sallis es un fascinante thriller negro que no duda en mostrar sin tapujos sus múltiples referencias y su adoración por una cultura norteamericana que emplea los coches como un estilo de vida. Un thriller de emoción más que de acción empapado en la misma melancolia que embarga a su protagonista sabedor de la naturaleza que encierra su interior, plasmada por el escorpión que adorna la espalda de la dorada cazadora que luce durante toda la película, y contra la que sabe que no puede luchar.
Drive ha sido toda una sorpresa. Una película hipnótica, dura, romántica, trágica. Un cuento de hadas en el que el caballero andante encierra un violento demonio en su interior, la princesa está resignada a una existencia solitaria y nadie comerá perdices. Una de las películas del año. La última película que he disfrutado en el pasado 2011.

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domingo, 11 de diciembre de 2011

George Méliès. 150 años del nacimiento de un mago del cine.



Acaba de cumplirse el 150 aniversario del nacimiento de George Méliès, ese mago del cine. Sirva Un viaje a la Luna, su película más conocida aunque no se tratase de su favorita, como homenaje a ese gran fabricante de ilusión.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La piel que habito. Sobrevolando el ridículo.

Robert Ledgard (Antonio Banderas) es un eminente cirujano que, tras perder a su mujer a causa de las quemaduras sufridas en un accidente automovilístico, vive obsesionado por conseguir, mediante tratamientos transgénicos, un nuevo tipo de piel que podría haberla salvado.
Se trata de una piel que responde a las caricias pero que resulta insensible al dolor, tanto el físico como el proveniente de  nuestro interior.
Para sus experimentos contará con la ayuda de Marilia (Marisa Paredes) una devota asistenta que nunca le dará la espalda y dispondrá, además, de un cobaya humano: Vera Cruz (¿un homenaje a la película de Robert Aldrich y que interpretaran Gary Cooper, Burt Lancaster y Sara Montiel?) (Elena Anaya) a quién Robert y Marilia tienen retenida.

Esta es la sinopsis de La piel que habito, el más reciente trabajo de Pedro Almodovar y, porqué no decirlo, su obra más arriesgada.
En este trabajo, el director manchego retoma algunos de sus temas habituales como son la obsesión por el ser amado, el dolor provocado por su ausencia y el que somos capaces de provocar por conservarlo. En este aspecto nos encontramos nuevamente ante el Almodovar de las que son, para mí, dos de sus mejores obras: Átame y La ley del deseo.
El tratamiento de estos temas es, sin embargo en esta ocasión, diferente.
En una sociedad, la actual, en la que la imagen ha cobrado especial relevancia y en el que las cámaras y lo que se filma a través de ellas tiene un protagonismo desmesurado, Almodovar se hace eco y llena su película de pantallas y cámaras que pasan a formar parte del decorado en el que se desarrolla su personal y barroco cuento de terror: una macabra historia filmada con estilo y, contrariamente a las convenciones del género, a plena luz.
Pedro Almodovar toma, no se si por primera vez, una novela (Tarántula, de Thierry Jonquet) y se basa en ella y en su devoción por la genial Les yeux sans Visage (Georges Franju, 1960) para ofrecernos un inquietante experimento que, exento en esta ocasión de todo humor, solo por el oficio del director se salva de caer en el más espantoso de los ridículos.
Muchos son los aspectos que lastran esta obra y la acercan al ridículo: la grotesca interpretación de Antonio Banderas,...unos momentos de tensión (la agresión del tigre a Vera, la famosa secuencia de la escalera y el enfrentamiento entre Vera y Robert hacia el final del film) cuyos desastrosos diálogos provocan verguenza ajena,...una estructura narrativa que hace uso de dos flashbacks donde solo debería haber uno,...dos giros de guión inverosímiles y mal desarrollados...Sin embargo su atrevimiento, estupenda banda sonora, una novedosa (al menos para este tipo de película) puesta en escena y una secuencia y frase finales sencillamente magistrales permiten compensar los múltiples defectos de la película y hacerla remontar hasta el punto de convertir su visionado en, al menos, una grata experiencia.

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martes, 29 de noviembre de 2011

Fallece Ken Russell, el controvertido cineasta Británico.


Admirado por unos, odiado por otros,..Siempre polémico, su cine nunca ha dejado indiferente.
Ayer falleció, a sus 84 años de edad, el director Británico Ken Russell. Responsable de trabajos tan interesantes como Tommy, Mujeres enamoradas, Los demonios o Malher nos deja un legado tan inmortal como la música de aquellos compositores sobre los que rodara.
Hasta siempre.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Blackthorn. What if...?

What if...? (que hubiera pasado si...) es un término muy utilizado en el mundo del comic para editar números especiales en los que mostrar una línea argumental alternativa que podría haber tenido lugar si, en un momento crucial de la historia del protagonista, éste hubiera tomado una decisión diferente a la elegida inicialmente o si un suceso crucial hubiera tenido el resultado contrario al que tuvo.
Empleando este recurso hemos podido ver lo que hubiera pasado si Daredevil hubiera asesinado al Kingpin, si el traje alienígena hubiera poseido por completo a Spiderman o si la araña escarlata hubiera acabado por asesinar a Spiderman como final alternativo de la lamentable saga del clon.
Desarrollos más interesantes y llevados al cine (que, a fin de cuentas, es lo que nos ocupa) los encontramos en los casos de V de Vendetta, donde vemos lo que hubiera sucedido de triunfar en Reino Unido un régimen como el del Tercer Reich, y Watchmen (mi favorito) donde asistimos al devenir de la historia reciente de los Estados Unidos en el caso de que los superheroes hubiesen existido en realidad y fuesen, como no, Norteamericanos.
Mateo Gil, guionista habitual en las películas de Alejandro Amenabar, ha decidido dar el salto a la dirección cinematográfica y lo hace sumándose a la lista de los What if...? con Blackthorn.
Blackthorn, título al que, siguiendo la maldita costumbre de las distribuidoras de este país, en España se le ha añadido el subtítulo Sin destino, es, sin duda, una apuesta arrisgada. Y lo es ya no solo por el hecho de tratarse de un western español rodado en Bolivia (algo que, de por sí, ya supone un handicap importante) sino por el hecho de alterar una de las historias cinematográficas que más huella han dejado en el espectador: la historia de Butch Cassidy y Sundance Kid de Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969).
¿Quién no recuerda el plano fijo final de la película en el que vemos la imagen congelada de ambos pistoleros mientras el ruido de los disparos del Ejército Boliviano nos anuncia su muerte? Pues bien, Mateo Gil parte del supuesto de que tal muerte, debido a que los soldados bolivianos apenas saben disparar, nunca tuvo lugar y nos presenta a un Butch Cassidy, ya mayor, que ha seguido con su vida en la misma Bolivia, y como criador de caballos, bajo el nombre de Blackthorn.
La película de Mateo Gil es un western intimista. Un interesante trabajo en el que el español muestra su devoción por el género western, un género del que parece conocer a la perfección sus claves. Es, precisamente, esa devoción por el género el principal inconveniente de este trabajo.
En Blackthorn encontramos, por supuesto, Dos hombres y un destino. Las referencias a esta película en su estructura narrativa, con numerosos flashbacks de la juventud de la pareja de pistoleros, son evidentes. Pero también se encuentran en Blackthorn el nervioso Zoom de Sergio Leone, los grandes espacios abiertos de John Ford o los grandes momentos de camaradería de las películas de Howard Hawks. Todo esto dificulta el encontrar, precisamente, los rasgos de autoría de Mateo Gil. Un director que parece haber preferido mostrarnos el altiplano boliviano (magníficamente fotografiado, dicho sea de paso) antes que dar mayor solidez a su historia.
Con todo y con eso, Blackthorn no deja de ser recomendable. Un trabajo notable y con un gran protagonista , Sam Shepard, que sin duda gustará a los, como yo, amantes del género.

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domingo, 20 de noviembre de 2011

Melancolía. Nihilismo, minimalismo y apocalipsis.

De igual forma que ya sucediera con Anticristo, su anterior film, no podemos hablar de Melancolía (el, hasta el momento, último trabajo del cineasta danés Lars Von Trier) sin hacerlo de su excepcional prólogo. Díez minutos de imágenes ralentizadas y sin diálogo que, planificadas a modo de preludio operístico y acompañadas por un fragmento de Tristán e Isolda nos muestran todo lo que ha de suceder en la película.
Justine (Kirsten Dunst), vestida de novia, que apenas puede andar  a causa de numerosos hilos de lana que, a modo de densa telaraña, enredan sus piernas...; Claire (Charlotte Gainsbourg), con su hijo en brazos, avanzando con dificultad por un campo de golf de cesped extrañamente alto...; Justine contemplando asombrada como de la punta de sus dedos brotan chispas mientras pájaros muertos caen del cielo a su alrededor...; Justine, vestida de novia, arrastada por un torrente en una imagen que recuerda a la de la muerte de Ofelia tras ser empujada a la locura por el príncipe Hamlet...; Justine, Claire y Leo frente a la mansión familiar bajo un cielo de tres lunas...; un escalofriante plano del planeta errante Melancolía chocando contra La Tierra... Todo ello, orquestado al ritmo de la música de Wagner, sirve al siempre sorprendente director danés para ofrecernos su particular y minimalista versión del fin del mundo. Un apocalipsis provocado por el choque de dos planetas que sirve de metáfora literal del choque de las personalidades antagónicas de las dos hermanas protagonistas del film.
Siguiendo con las analogías con su anterior trabajo también en esta ocasión Lars Von Trier nos ofrece una película dividida en capítulos (concretamente dos).
El primero de los capítulos (responsable, según mi modesta opinión, de que esta película no acabe siendo una obra maestra) está dedicado a Justine y transcurre a modo de pequeño remake de Celebración (Thomas Vinterberg, 1998) en el que el danés carga con la cámara al hombro y, empleándola a modo de ariete, arremete contra la burguesía destruyendo su concepto de la belleza y la seguridad y poniendo su hipocresía al descubierto (ejemplares, en este sentido, los papeles tanto de la rebelde madre de Justine como el de su padre, ese payaso triste que, tras ofrecerse a estar siempre ahí para apoyarla, no duda en desaparecer cuando más lo necesita su hija).
En el segundo de los capítulos, dedicado éste a Claire, se retoma el buen pulso mostrado en el prólogo y asistimos al choque entre las dos hermanas y su forma de afrontar el desastre.
Mientras Claire se muestra aterrorizada ante la llegada de un inminente desastre para el que no hay escapatoria posible y que deja al descubierto la falsa seguridad que su vida burguesa parecía ofrecerle, su hermana Justine, aquejada de una profunda depresión e incapaz de ser feliz a pesar de tenerlo todo para poder serlo, por el contrario, afronta el final con serenidad y con el pleno convencimiento de que es lo mejor que puede sucederle a La Tierra ya que ésta es mala por naturaleza.
Este punto de vista, completamente Nihilista, convierte  Melancolía en una especie de proyección de Anticristo. Si en Anticristo sus personajes  transmitían la idea de que la vida es dolorosa y sin sentido en Melancolía se prolonga esta concepción con la de que estamos solos en un Universo plagado de momentos de destrucción y que el día que desaparezcamos nadie nos va a echar en falta. Es por esto que una luz que evoca muerte impregna toda la película.
Conociendo la naturaleza depresiva del autor y visto como ridiculiza la postura de Claire ante el final cuando propone esperarlo degustando una copa de vino, podríamos pensar que Lars Von Trier cree a pies juntillas los argumentos nihilistas que defienden que la vida es absurda y carece de finalidad. Sin embargo, a última hora y en un momento de cine mayúsculo, Justine hace algo mágico y poético encaminado a confortar a su sobrino...
¿Quizá preservar la infancia sea la finalidad de toda vida?

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martes, 1 de noviembre de 2011

El niño de la bicicleta. El Doinel de los Dardenne.

Cyril es un niño que, tras haber sido abandonado por su padre, vive en un centro de acogida del que escapa siempre que tiene ocasión en un intento de localizar a su progenitor.
En una de sus escapadas se encuentra con Samantha, quién se comprometerá a convertirse en la familia de acogida del muchacho los fines de semana.
Éste es el sencillo argumento de El niño de la bicicleta (Le gamin au vélo), película que tuve ocasión de ver el pasado Domingo y que constituye el último trabajo de los hermanos Dardenne tras su estupenda El silencio de Lorna, que en su día ya comentara en este espacio.
El niño de la bicicleta, galardonada con el gran premio del jurado en la pasada edición del Festival de Cannes, es una muestra de puro cine no exenta de claras influencias. Y es que el niño protagonista se encuentra muy próximo a Antoine Doinel, el que fuera el celebrado protagonista de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut y alter ego del director francés a lo largo de tres películas más (Besos robados, Domicilio conyugal y El amor en fuga).
 Cyril, emulando la carrera de Doiniel en la que se ha convertido en una de las más celebres escenas de la historia del cine, es un personaje que se encuentra en constante movimiento, bien corriendo o bien subido a una bicicleta de la que apenas se separa y que constituye su único nexo de unión con la infancia. Un movimiento que es una constante búsqueda de la inocencia y una huida de una vida empeñada en arrebatársela.
No es la película de Truffaut la única fuente de la que beben los realizadores Belgas ya que, desde la aparición en su historia del joven delincuente callejero con el que Cyril se cruzará, uno no puede evitar recordar al Jaibo, ese inolvidable personaje de Los Olvidados, obra maestra de Luis Buñuel, que en su día interpretara Roberto Cobo.
Pero no nos equivoquemos, una influencia no es una copia y El niño de la bicicleta tampoco lo es. El último trabajo de la pareja de realizadores belgas es un trabajo fiel a su estilo. Un trabajo en el que la cámara es cargada al hombro y, en un movimiento constante, nos acerca tanto a los personajes que nos convierte en parte integrante de una historia de final abierto en la que el drama social vuelve a estar presente aunque en esta ocasión se nos muestre sin tanta dureza como lo hacían en Rosetta y en la citada El silencio de Lorna. Un trabajo, dicho sea de paso, en el que los directores exprerimentan por primera vez con el uso de la música.
El niño de la bicicleta es, segun mi modesta opinión, un trabajo redondo. Una muestra de puro cine con todos los números para convertirse en la película del año.
Pero, claro,... solo es mi opinión.

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domingo, 16 de octubre de 2011

El árbol de la vida. La nueva elipsis más larga de la historia del cine.

En alguna ocasión he comentado en este espacio cómo el asistir a la proyección de 2001:Una odisea del espacio en un cine Valenciano me impactó visualmente de tal manera que me convirtió en un adicto al cine, en un devorador de películas, en un completo yonki del séptimo arte.
Sigo viendo películas a un buen ritmo (a veces, incluso, una diaria) pero hacía mucho tiempo, demasiado, que no pisaba una sala de cine y, en esta ocasión, lo he hecho. Y la elección para tal evento no podía ser mejor: El árbol de la vida, lo último de Terrence Malick, en una reducida sala de cine ocupada (a medias) por un público consciente de lo que iba a presenciar y proyectada en alta definición con una calidad de imagen y sonido inmejorables.
El visionado de la película ha consistido en 160 minutos de sensaciones reencontradas. Nuevamente me encuentro en una sala de cine ante una enorme pantalla viviendo una fascinante experiencia visual.
Quizá haya momentos que escapan a mi entendimiento. Quizá mi interpretación final de lo visto no coincida con la del espectador que se sienta a mi lado y quizá nunca llegue a ver lo que seguramente Malick pretendia mostrarnos. Quizá incluso sea, al igual que 2001, una película que reinterprete cada vez que la vea. Lo que es seguro es que acabo de ver una película de ha dejado una huella indeleble en mi memoria.
El Árbol de la vida, si bien es una experiencia visual fascinante, no es una experiencia sencilla. Un estilo narrativo cercano al cine experimental, la prácticamente total ausencia de escenas dialogadas de forma convencional y una estructura fílmica construida a base de retazos de la memoria y evocaciones de emociones y sentimientos sin continuidad temporal convierten la última obra de Malick en un film no apto para todos los públicos, independientemente de la edad de éste.
Tras un prólogo en el que asistimos al momento en el que una familia americana de los años cincuenta recibe la noticia del fallecimiento de su primogénito (supongo que en la guerra de Corea) el director nos brinda la nueva elipsis mas larga de la historia del cine en un salto temporal que nos lleva hasta el mismísimo Big-bang y tras el que Malick sustituirá los convencionales planteamiento-nudo-desenlace del lenguaje narrativo tradicional por un mastodóntico Origen-vida-muerte creando, de esta forma, en su película, un tríptico en el que somos testigos del origen de la vida (un origen que destierra toda idea creacionista) en una primera parte que finaliza, quizá para evitar odiosas comparaciones con el feroz acceso de violencia del primate prehistórico filmado por Kubrick, con la muestra de compasión de un Dinosaurio.
Tras un nuevo salto temporal que nos devuelve a la América de los cincuenta observamos el desarrollo de la vida como una constante búsqueda de Dios y un intento de comprensión de la naturaleza humana representados en la dificil relación de una mujer y sus hijos con un padre/marido, interpretado por un convincente Brad Pitt, por momentos excesivamente cruel pero que no desea otra cosa que el bienestar de sus hijos. Algo que, en manos de Malick, bien podría ser la representación de la relación de Dios con la raza humana.
En su tercera parte, a mi entender la que no se encuentra a la altura del resto de lo filmado, y a modo de epílogo, vemos como el hombre es capaz de encontrar a Dios y su lugar en el mundo a través del perdón para acabar habitando, tras la muerte, una especie de paraiso.
Lo dicho. Una película no recomendable para todos los públicos y a la que yo, personalmente y desde un punto de vista cinematográfico (el religioso ya es otro cantar), solo puedo reprocharle (aparte de ese tramo final desmerecedor del conjunto) un uso de la música por el que se tiende a acentuar en exceso ciertas imagenes cuya fuerza visual no requiere de subrayado alguno y ese cierto aire de pretenciosidad que, por momentos, emana del trabajo de un hombre que se ha colocado tras la cámara con la clara intención de rodar una obra maestra a sabiendas de que si alguien es capaz de hacerlo ése es él.


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sábado, 15 de octubre de 2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos.

Zhang Yimou es un director que nos tiene acostumbrados a radicales cambios de registro.
Comenzando desde un cine costumbrista cercano al neorrealismo con películas como Sorgo Rojo, La Linterna Roja  o Ju Dou, Semilla de Crisantemo (y tengo que adelantar que este es el cine que prefiero) que luego aparcaría para pasar a experimentar con los colores y los cables en su trilogía de fantasía y artes marciales compuesta por Hero, La Casa de las Dagas Voladoras y La Maldición de la Flor Dorada para acabar, tras esta etapa, por hacerse cargo de la creación de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekin ahora aborda un proyecto no de tan gran envergadura pero sí ambicioso y, sin duda, arriesgado: el remake de la ópera prima de los hermanos Joel y Ethan Coen  Sangre Fácil.

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos nos relata como una mujer, junto a su cobarde amante, planea asesinar a su déspota y maltratador marido. Un marido que, sospechando la traición, contrata a su vez a un policia corrupto para que acabe con la pareja.
Pero el policia tiene sus propios planes lo cual, junto a las actividades de otra pareja de trabajadores de la tienda de fideos regentada por el marido, enredará la situación hasta límites insospechados.

La película original es un thriller sucio, lleno de tensión y con los habituales ribetes de humor negro de los Coen. La película de Yimou es....otra cosa.
El cineasta asiático nos brinda una extraña mezcla de western y ópera bufa  de dificil asimilación para el espectador occidental.
La película funciona muy bien a ratos y, curiosamente, estos ratos son, a pesar de los impresionantes exteriores y la espectacular fotografía, los momentos en los que el film transcurre en interiores y lo hace de forma pausada y sin diálogo tratándose, generalmente, de escenas nocturnas.
El resto de la película, con sus tomas zenitales, contrapicados, caidas sin gracia y las histriónicas interpretaciones de unos actores sacadados del Kabuki, puede llegar a provocar una gran irritación en el ojo de un espectador que, como el occidental, no se encuentra habituado a este tipo de espectáculo.
Quizá la culpa sea nuestra y de un cierto anquilosamiento o quizá haya ciertas diferencias culturales que sean insalvables y haya que ser chino para poder disfrutar la película en su totalidad. Lo que no puede negarse es que Zhang Zimou es un director en continua experimentación, capaz de afrontar con total convencimiento cada proyecto y que cree firmemente en lo que hace. Un autor cuyas obras nunca pueden ser acusadas de dejar indiferente al espectador.

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viernes, 2 de septiembre de 2011

Super 8. E.T. se hizo adulto.

Receta para un plato veraniego:
Tómese un par de medidas de Los Goonies. Añádase una medida de E. T. y aderécese la mezcla con esencia de Tiburón.
Espolvorear la masa con una pizca de conflicto familiar y algo de crisis infantil y completar con un toque nostálgico.
Servir, preferentemente sobre una fuente de efectos especiales.

Super 8, el último plato cocinado por J. J. Abrams, obedece a esta receta y el resultado es una película-homenaje al cine que Steven Spielberg hacía cuando algunos de nosotros todavía éramos jóvenes. Cuando los acontecimientos familiares eran filmados en Super 8 y uno tenía que esperar tres días para que su película fuera revelada en la tienda del barrio. Cuando los mejores estrenos del año llegaban a nuestros cines en Verano y Navidades y teníamos que superar largas colas para comprar nuestra entrada. Cuando, al finalizar la proyección, el público aplaudía.
Para ese niño, ése que iba emocionado al cine y soportaba estoicamente la larga cola frente a la taquilla acompañado por sus padres, Super 8 habría sido una película que quedaría grabada en su memoria como una obra maestra. De la que hablaría entusiasmado con sus amigos una y otra vez y que, seguro, vería en más de una ocasión.
Y, es que, para ese chaval, Super 8 lo tiene todo. Tiene ritmo, tiene un espectacular accidente de tren, tiene momentos divertidos, tiene momentos para emocionarse, tiene buenos, tiene malos, tiene niños que tienen que asumir el papel de heroes y tiene un monstruo.
El problema es que, al menos en mi caso, ese chaval ya no está ahi. La edad, el bagaje cinematográfico acumulado a lo largo de los años y, porqué no, la vida lo han ido enterrando hasta tal punto  que me  ha sido completamente imposible (y de verdad que lo he intentado) recuperarlo a la hora de afrontar el visionado de está película. De manera que los ojos que la han visto han sido los míos en lugar de los suyos y lo que han visto estos ojos, incapaces de no analizar lo que se expone ante ellos, es, ciertamente, una película de buen ritmo y en la que muy acertadamente, y como ya ocurriera en Tiburón, se nos raciona la forma de mostrarnos al monstruo a fin de que la imaginación, madre de todos los terrores, cobre mayor protagonismo. Pero también han visto una película de personajes planos y subtramas escasamente desarrolladas y pobremente resueltas fruto de un guión esbozado a base de trazos excesivamente gruesos que pretende hacernos comulgar con ruedas de molino. Y es que, seamos realistas, a pesar de estar hablando de cine fantástico...¿acaso no resulta excesivo pretender que nos traguemos sin más que ese extratrerrestre superpoderoso al que parece que nadie es capaz de detener fuese una vez reducido por los militares y que, a su vez, éste no fuera capaz de escapar de un vagón de tren de no ser porque alguien provocara su descarrilamiento? y, ya puestos, ¿debemos también tragar con que en medio de semejante desastre quede un coche perfectamente reluciente y con el camino despejado para que los niños puedan escapar en él?
Lo cierto es que Super 8, pensada como una película de tintes nostálgicos por su director, cumple con su función...al menos en parte, ya que si bien no consigue despertar en mí la nostalgia por una forma de hacer cine si que consigue despertar la nostalgia por una mirada que era capaz de ver esas películas de manera inocente y que, me temo, se ha perdido para siempre.


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